Manuel Vicente desarrolla una vigorosa labor como protagonista de "El portero de la estación Windsor", de Julie Vincent, que con dirección de la autora se ve en la sala porteña El Portón de Sánchez.
Es la historia real de un arquitecto uruguayo cuya militancia política lo obligó a exiliarse en Canadá durante la dictadura militar de su país, traducida y adaptada para cuento teatral por la argentina Blanca Herrera.
La pieza completa su elenco con Silvina Bosco y los actores uruguayos Cecilia Cósero y Mateo Chiarino y pone sobre el tapete los extremos a que puede ser sometido un ser humano en condiciones opuestas a sus sueños.
El hombre -un Vicente que no sale nunca de escena- soñó con la revolución y el socialismo, todo a la vuelta de la esquina, como sucedió con muchos militantes locales, pero la realidad lo empujó al desarraigo y la autodestrucción.
Lo persigue la imagen de un amigo asesinado, aunque, al llegar al nuevo país el hombre, todavía joven, intentará reconstruir su vida como arquitecto -aunque haciéndose pasar por italiano- y se apasionará por una pianista casada.
La obra, movida con elegancia por la directora Vincent con elocuentes pasajes coreográficos de Roxana Grinstein, es un ir y venir por la mente del protagonista, cuyos tiempos y estados anímicos se alternan.
El arquitecto es más de un hombre, es el inmigrante que se encuentra con una lengua nueva y el uruguayo que niega su identidad simulando ser italiano. Es también Grignon, su discípulo ético, su espejo joven.
Así creerá reencontrarse con los fantasmas del pasado y sustituirá aquellas identidades por otras del presente, incluida la suya, y seguirá fantaseando con el tren subterráneo que uniría Montevideo con la ciudad de Montreal.
El hombre tendrá asimismo sus desdichas amorosas de la madurez y el abandono de esa mujer a la que apenas pudo arañar terminará por galvanizar su futuro; por eso la autora del relato lo encontrará en estado de vagancia.
Un inspector oficial le agrega penurias con acuciantes incriminaciones sobre la forma de su trabajo y la conducta de su joven subordinado, constancia de que la burocracia atormenta todas las lenguas y sociedades.
La obra está narrada por los propios protagonistas, como en recordados ejemplos de Osvaldo Dragún ("Historias para ser contadas"), pero el efecto no persigue un distanciamiento sino que produce justamente lo contrario.
Existe mucho de simbólico en su transcurso, mucha valija, mucha ropa de invierno que circula como para remarcar la intemperie de esas vidas, reflejadas en evanescentes imágenes proyectadas de las dos ciudades que desvelan al arquitecto.
Su carácter circular y lo denso de su trama podría soportar alguna poda para que el espectador agradecería, y así la labor de Vicente y sus compañeros -Silvina Bosco (sustituida en algunas funciones por la directora), Cósero y Chiarino- se vería potenciada.
"El portero de la estación Windsor", se ofrece en El Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034, los sábados a las 20.30.
Es la historia real de un arquitecto uruguayo cuya militancia política lo obligó a exiliarse en Canadá durante la dictadura militar de su país, traducida y adaptada para cuento teatral por la argentina Blanca Herrera.
La pieza completa su elenco con Silvina Bosco y los actores uruguayos Cecilia Cósero y Mateo Chiarino y pone sobre el tapete los extremos a que puede ser sometido un ser humano en condiciones opuestas a sus sueños.
El hombre -un Vicente que no sale nunca de escena- soñó con la revolución y el socialismo, todo a la vuelta de la esquina, como sucedió con muchos militantes locales, pero la realidad lo empujó al desarraigo y la autodestrucción.
Lo persigue la imagen de un amigo asesinado, aunque, al llegar al nuevo país el hombre, todavía joven, intentará reconstruir su vida como arquitecto -aunque haciéndose pasar por italiano- y se apasionará por una pianista casada.
La obra, movida con elegancia por la directora Vincent con elocuentes pasajes coreográficos de Roxana Grinstein, es un ir y venir por la mente del protagonista, cuyos tiempos y estados anímicos se alternan.
El arquitecto es más de un hombre, es el inmigrante que se encuentra con una lengua nueva y el uruguayo que niega su identidad simulando ser italiano. Es también Grignon, su discípulo ético, su espejo joven.
Así creerá reencontrarse con los fantasmas del pasado y sustituirá aquellas identidades por otras del presente, incluida la suya, y seguirá fantaseando con el tren subterráneo que uniría Montevideo con la ciudad de Montreal.
El hombre tendrá asimismo sus desdichas amorosas de la madurez y el abandono de esa mujer a la que apenas pudo arañar terminará por galvanizar su futuro; por eso la autora del relato lo encontrará en estado de vagancia.
Un inspector oficial le agrega penurias con acuciantes incriminaciones sobre la forma de su trabajo y la conducta de su joven subordinado, constancia de que la burocracia atormenta todas las lenguas y sociedades.
La obra está narrada por los propios protagonistas, como en recordados ejemplos de Osvaldo Dragún ("Historias para ser contadas"), pero el efecto no persigue un distanciamiento sino que produce justamente lo contrario.
Existe mucho de simbólico en su transcurso, mucha valija, mucha ropa de invierno que circula como para remarcar la intemperie de esas vidas, reflejadas en evanescentes imágenes proyectadas de las dos ciudades que desvelan al arquitecto.
Su carácter circular y lo denso de su trama podría soportar alguna poda para que el espectador agradecería, y así la labor de Vicente y sus compañeros -Silvina Bosco (sustituida en algunas funciones por la directora), Cósero y Chiarino- se vería potenciada.
"El portero de la estación Windsor", se ofrece en El Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034, los sábados a las 20.30.
- Télam


