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Gheorghiou y Kaufmann, dos voces exquisitas para Adriana Lecouvreur

19 nov 2010
08h05
actualizado a las 08h05
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Difícilmente podría encontrarse entre las estrellas actuales del mundo de la ópera una pareja tan idónea para "Adriana Lecouvreur" como la que componen la soprano rumana Anghela Gheorghiou y el tenor alemán Jonas Kaufmann.

Con esas voces, unidas a una gran presencia física en ambos casos, tan importante hoy en día en un escenario, el éxito de una ópera, aunque sea una tan poco habitual en el repertorio como la del italiano Francesco Cilea (1866-1950), está de antemano garantizado.

Aunque parezca increíble, desde 1906- cuatro años después de su estreno en Milán- no se había vuelto a representar "Adriana Lecouvreur" en Covent Garden, que la acoge ahora hasta el 10 de diciembre, una coproducción con otros importantes teatros como el Liceu barcelonés, la Staatsoper de Viena, la de San Francisco y la Opéra National de París.

Esta obra de Cilea, un compositor algo más joven que Puccini, al que sobrevivió, sin embargo, en un cuarto de siglo, cuenta una complicada historia de amor y de celos inspirada en un personaje histórico, una actriz de la Comédie Française de ese nombre, intérprete famosa de Racine y de Corneille, amante del príncipe Mauricio de Sajonia y amiga de Voltaire y sobre cuya muerte corrieron todo tipo de rumores, entre ellos el de un envenenamiento.

Cilea y su libretista se tomaron una serie de libertades a la hora de contar su trágica historia de una forma un tanto complicada, que es tal vez uno de los motivos por los que no forme parte del repertorio habitual fuera al menos de Italia y sea, por ejemplo, mucho menos popular que otras de contemporáneos de Cilea como Leoncavallo o Mascagni.

Y es ciertamente injusto porque contiene grandes bellezas musicales, y permite el lucimiento de no sólo la pareja protagonista sino también de otros personajes como el entrañable director de escena de la Comédie Française, Michonnet, enamorado en secreto de su actriz.

Desde el primer momento, Adriana Lecouvreur se convirtió en vehículo de los cantantes más destacados: así, la primera Adriana fue Angelica Pandolfini, que tuvo enfrente nada menos que a Caruso, que volvió a hacer de Maurizio en el estreno neoyorquino en 1907, esta vez con Lina Cavalieri como compañera.

Y desde entonces el papel de Maurizio lo han hecho tenores de la categoría de Carlo Bergonzi, Francesco Corelli, Mario Del Monaco o Plácido Domingo mientras que a Adriana la han encarnado Joan Sutherland, Renata Tebaldi, Renata Scotto, Montserrat Caballé o Renée Fleming, entre otras grandes sopranos.

A todos esos nombres famosos hay que añadir ahora la gran pareja Gheorghiou-Kaufmann, que, como demuestran en esta nueva producción, suman a un dominio completo del registro vocal, una gran intensidad dramática.

El papel de diva escénica le sienta como anillo al dedo a la soprano rumana y el paso de la declamación, cuando recita a Racine, al canto -en ese juego continuo del teatro dentro del teatro o, en este caso, la ópera- está perfectamente logrado.

Sus arias, como la deliciosa "Io son l'umile ancella", o el dramático final, cuando envenenada por un ramo de violetas que le ha enviado su rival, la princesa de Bouillon, enloquece y termina expirando en brazos de Maurizio, arrancaron la noche del estreno en la Royal Opera House gritos de "brava" y grandes aplausos.

Jonas Kaufmann parece a su vez hecho para el papel de ese oficial y aristócrata capaz de volver locas a las mujeres. Su gran potencia vocal de tenor dramático con cierto tinte de barítono no le impide llegar cuando es preciso al más delicado lirismo.

También están excelentes la mezzo Michaela Schuster como la melodramática princesa de Bouillon, rival de Adriana, el barítono italiano Alessandro Corbelli en el papel del director de escena, o su compatriota, o el bajo Maurizio Muraro como príncipe de Bouillon.

La puesta en escena del veterano David McVicar es imaginativa, dinámica y llena de toques de humor, como por ejemplo, en el delicioso ballet sobre el Juicio de París del tercer acto, y Mark Elder dirige con pasión y energía, pero atento en todo momento al colorido de una música de gran poder evocador.

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