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 EL DUO PEREIRO Y CAPOCCI ENSEÑA EL AUSTERO DERROTERO DE LA BELLEZA
02 de abril de 2011 15:05

La sensibilidad exquisita del matiz y la destreza para extraer, con notable economía de recursos, el mejor resultado musical, aparecen con asombrosa naturalidad en la atmósfera estética a la que invita el dúo Mariana Pereiro-Guille Capocci, que consumó anoche en Palermo su primer concierto del año.

Pereiro y Cappocci, que editaron uno de los discos más originales y sutiles de 2010 (Lucero), expusieron anoche en el Cafe Vinilo de Palermo un microcosmos musical sobrio y sutil en donde los tímbres instrumentales cobran una fuerza impensada en otros contextos sonoros.

En ese delicado clima, el dúo transita un repertorio de músicas sudamericanas abierto a la cruza de lenguajes y texturas.

Pero en esa encrucijada, donde tantos colectivos musicales han perdido el horizonte, el dúo revela sabiduría para conjugar, sin amontonamientos, la voz y la guitarra de Capocci; la voz, la kalimba de Pereiro; más el aporte de los ocasionales invitados.

Anoche fue el turno del pianista Diego Schisi, que abordó con el dúo la honda belleza de "Y me debés creer" (Gustavo Leguizamón y Jacobo Regem); la pieza instrumental "Natalia Oreiro" (Schissi), en dueto de piano y guitarra; o "Alta Paz" (Quique Sinessi), entre más.

Antes y después en la noche, Pereiro y Capocci mostraron algunos de los temas ya editados como versión de "Blackbird", una pieza de Paul Mc Cartney revestida de aires clásicos, cruzada -en este caso- con sonoridades norteñas.

El dúo sobrevuela luego resonancias sudamericanas, mestizas, que se expresan en las composiciones propias, donde los dos músicos condensan sus antecedentes personales; y también, en forma menos elíptica, en canciones como "Menino das laranjas", consagrada en la voz brasileña de Elis Regina.

El cuidado en la conjunción de los instrumentos se reafirma con los precisos arreglos vocales. En ese plano, la voz de Pereiro, versátil, diáfana, señala la derrotero de la noche, pero es siempre apoyada con inteligencia.

Al final de la experiencia, el clima logrado desde la austeridad tímbrica ha vencido cualquier resistencia y el público, entregado, es invitado a sumar, desde el dispar universo de posibilidades que eso implica, su voz al discurso musical que desciende, tenúe, desde el escenario.

El resultado es inapelable. La belleza musical se ha irradiado a toda la sala: el duo Pereiro-Capocci amablemente nos engaña con la ilusión de que ha sido una obra colectiva.
Télam